Los ciudadanos van a las urnas

De nuevo vamos a enfrentarnos con las urnas cuando finalice esta semana. El ambiente callejero en los pueblos y ciudades apenas ha sufrido esa revolución iconográfica que suele preceder a las grandes citas electorales. Los dirigentes de los partidos no exhiben sus imágenes en grandes cartelones pidiéndonos el voto a su favor.

Todo lo más, unos síes y unos no es pretenden tímidamente sugerir la necesidad que tenemos todos de decidir a plazo fijo. Algunos espacios televisados, periódicamente difundidos, nos convocan con insistencia y mantienen viva la inquietud por el referéndum sobre el Tratado de la Constitución europea que tendrá lugar el próximo domingo.

Una decena de países europeos, entre ellos España, son los que han decidido compulsar directamente la opinión de sus ciudadanos. A fecha de hoy, húngaros y lituanos han aprobado oficialmente el texto citado, pero sólo a través del voto de sus representantes parlamentarios; en Italia el trámite ha pasado ya por su Cámara Baja.

Nuevamente llegando al voto

Por razones que no entiende del todo la mayoría de los votantes, corresponde a los españoles abrir la marcha de las consultas populares sobre el Tratado en cuestión. Siendo así, parece natural que los ojos de todo el mundo, no sólo en Europa, se vuelvan hacia el resultado de nuestro plebiscito y confieran a éste un valor añadido del que hubiera carecido en otras circunstancias.

Sospechando la influencia que los resultados obtenidos en un país pueden tener en los demás —influencia sobre cuyo sentido no coinciden los enterados en la materia—, cuesta entender por qué no se ha arbitrado un modo de hacer simultánea la consulta en todos ellos, como ocurre en esas decisivas jornadas futbolísticas en las que el destino final de un equipo depende tanto de sus esfuerzos como de los goles marcados por los demás.

Los dirigentes europeos, que en tantas otras cosas se ponen fácilmente de acuerdo sin molestarse mucho en consultar a sus ciudadanos, podrían muy bien haber establecido una fecha fija para todos los países europeos que decidieran recurrir al referéndum. Se supone que debe de ser difícil conjugar las necesidades electorales internas de los diversos partidos en el poder, por lo que se ha dejado a cada país en libertad para decidir la fecha más oportuna.

Ciertamente parece más democrático recurrir al referéndum directo que hacerlo por la indirecta vía parlamentaria. Pero no es muy aleccionador recordar el último referéndum al que fuimos convocados los españoles: el de la OTAN en 1986. Entonces, el irracional forcejeo entre los partidos llevó a desnaturalizar en forma grotesca tanto los argumentos en pro o en contra de cada uno de ellos, como el resultado final obtenido.

Varios influyentes analistas europeos afirman que las votaciones efectuadas en el seno de la Unión Europea suelen responder mucho más a los intereses nacionales de cada país que a una extendida preocupación por los intereses generales de Europa. De ser así, los datos que el día 21 se hagan públicos no tendrán tanta influencia en las futuras consultas populares europeas como algunos han dejado entrever.

En todo caso, convocado el referéndum, no es posible ignorarlo y la responsabilidad de cada uno ha de ejercerse con plena conciencia, en función de la opinión que cada votante se haya creado, no sólo sobre el texto sometido a referéndum —de por sí extenso y enrevesado— sino sobre la Europa real, la Europa posible y la Europa deseable.

Una cosa es cierta: sea cual sea el resultado alcanzado y el nivel de participación, España es Europa, seguirá dentro de Europa y necesitará siempre de Europa (y Europa, de España), con independencia de la trayectoria política que nuestro país adopte en cada coyuntura histórica. Bombardeados por opiniones muy distintas y contradictorias, perturbada a veces nuestra capacidad de decidir por algunos mensajes equívocos y malevolentes, cada ciudadano podrá depositar libremente su papeleta de voto.

No olvidemos que en la historia de España no ha habido muchos periodos duraderos en los que esto haya sido posible. Democracia imperfecta, pero democracia al fin y al cabo, que no consiste sólo en la libertad electoral, como sabemos muy bien, pero que empieza por ahí y que sin ella es imposible. Libertad que, si no se ejercita, se descompone y muere.

Deposite, pues, una papeleta con el «no» quien encuentre en el Tratado reparos insuperables, en pleno ejercicio de su libertad. Vote «sí» el que crea que es un avance sobre lo que antes existía y que abre las puertas a una Europa más aceptable. Vote en blanco, o participe con un voto nulo, el que no tenga opinión formada o no confíe en lo que le proponen quienes solicitan el voto en un sentido o en otro.

Pero vote, por favor, porque el ejercicio del voto es el primer paso por ese estrecho camino que han de andar los pueblos que desean seguir siendo libres. No se una al cortejo de los que, en infaustos años para España de un pasado no muy lejano, se jactaron de que «el mejor destino de las urnas es romperlas». Porque ellos siempre pueden regresar y entonces ya sería tarde para arrepentirse.


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